El período de adaptación en el jardín: lo que se sabe de las primeras semanas
Cada marzo se repite la misma escena: el niño que llora en la puerta preocupa a todos, y el que entra en silencio se da por adaptado. La evidencia dice que esa lectura puede estar al revés, y que la adaptación no es algo que se aguanta hasta que pasa: se planifica.
Lo que se midió, y por qué importa
El estudio más citado sobre este momento lo hicieron Lieselotte Ahnert y su equipo en Berlín, y se publicó en 2004 en Child Development (el artículo; su resumen en PubMed). Siguieron a setenta niños de quince meses desde antes de entrar a la sala cuna: en la casa, durante los días de adaptación con la madre presente, en los primeros nueve días sin ella y cinco meses después. Midieron el cortisol en la saliva, que es un indicador del estrés, y observaron el llanto.
Encontraron tres cosas que conviene tener a mano:
- La separación sí es estresante. En la primera hora después de que la madre se iba, el cortisol subía hasta quedar entre un 75 % y un 100 % por sobre el nivel que el mismo niño tenía en su casa.
- Llorar no es la mala señal. Los niños con un apego seguro lloraban y protestaban más durante la separación, y en ellos el llanto iba de la mano con el cortisol: expresaban lo que les pasaba. En los demás, el llanto no servía para leer cuánto estrés tenían.
- La gradualidad protege el vínculo. El apego se mantuvo seguro, o llegó a serlo, cuando las madres dedicaron más días a acompañar la adaptación.
El niño que no llora no es necesariamente el que mejor lo está pasando. Conviene mirarlo con la misma atención que al que llora, y a veces con más.
Lo que recomienda la Subsecretaría
Las orientaciones oficiales para Chile van en la misma dirección. La Subsecretaría de Educación Parvularia describe que, cuando es el primer ingreso, la adaptación puede prolongarse y requerir la presencia constante de un adulto significativo, y que en sala cuna es esperable que aparezcan rechazo a la alimentación y cambios en los períodos de sueño y vigilia. Son reacciones propias del cambio, y hay que conversarlas con la familia, no ocultarlas.
Y subraya algo que suele olvidarse: el proceso depende del niño y de su familia, pero también de la planificación que tenga el establecimiento y de la contención que dé el equipo pedagógico. La adaptación es trabajo del equipo, no solo de quien llega.
Cómo se planifica desde la sala
- Conocer al niño antes del primer día. Una conversación con la familia sobre rutinas, sueño, alimentación, cómo se consuela y qué lo asusta. Cómo prepararla está en la entrevista con la familia.
- Tiempos que crecen de a poco. Los primeros días, jornadas cortas y con un adulto de la familia presente en la sala. Después, el adulto se retira por ratos breves y vuelve, y recién entonces se alarga la jornada. El plazo lo marca el niño, no el calendario.
- Una persona de referencia. Que sea siempre la misma educadora o técnica quien lo recibe y lo consuela las primeras semanas. Un vínculo nuevo necesita una cara conocida.
- Despedirse siempre. Salir a escondidas para evitar el llanto de ese momento lo cambia por algo peor: el niño aprende que el adulto puede desaparecer sin aviso. Una despedida breve, igual todos los días, y cumplir la hora de retiro que se dijo.
- Un objeto de la casa. Un peluche, un pañuelo o una foto ayudan a sostener la separación y no compiten con nada.
Qué mirar, además del llanto
- Si juega o explora, aunque sea poco, o si pasa la jornada quieto y mirando.
- Si come y duerme en el jardín, y si eso cambió en la casa.
- Si acepta consuelo de la persona de referencia.
- Si aparecen retrocesos: volver a pedir mamadera, dejar de controlar esfínteres, hablar menos.
Un retroceso breve en las primeras semanas es parte del proceso. Lo que merece una conversación con la familia es que se mantenga, que se sume a otras señales o que el niño deje de jugar. Conviene registrar lo observado con fecha y sin interpretación —«el lunes no comió y estuvo en el rincón toda la mañana»— para que la conversación se apoye en hechos.
Una adaptación no termina cuando el niño deja de llorar en la puerta. Termina cuando juega, come y busca a los adultos del jardín cuando necesita algo.
Lo que conviene evitar
- Un plazo fijo para todo el grupo. «La primera semana es de adaptación» sirve para organizar, pero cada niño tiene su propio tiempo.
- Comparar entre niños o entre hermanos delante de la familia. Pone la atención en si el niño «es llorón» y no en qué necesita.
- Dar por adaptado al que no protesta sin haberlo mirado jugar.
Dónde encaja esto en el marco
Planificar la adaptación toca dos partes del trabajo que el MBE describe por separado: crear un ambiente en que el niño se sienta seguro, y trabajar con las familias. Las dos están desarrolladas en qué significa cada dominio del MBE dentro de una sala de párvulos. El texto oficial vigente está en los canales del Ministerio, enlazados en Para profundizar.